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En tiempo de calçots

Hay una época del año aquí en Cataluña en la que los seres humanos entramos en un ciclo por el cual toda la actividad se reduce a: ir a una calçotada, preparar una calçotada, jurar que nunca más se va a asistir a una calçotada ni volver a probar un calçot, mirar el teléfono para saber porqué no te han incluido en ese grupo que prepara una calçotada, hablar de la calçotada pasada, empalmar calçotada tras calçotada, programar una nueva calçotada, asombrar a propios extraños afirmando que jamás has probado un calçot, oliendo a leña, con el morro lleno de romesco y comprobando como efectivamente, siempre hay alguien que sabe comer calçots mejor que uno mismo.

Y es que una vez que las fiestas navideñas han pasado y los fastos de la entrada del año se olvidan, hay que seguir buscando motivos para juntarnos, comer, beber y pasar un rato entre amigos o familia. Al aire libre o bajo cubierto, la tradición de la calçotada, más allá de los certámenes en los que de manera inconsciente seres humanos como usted y como yo ponen a prueba su físico deglutiendo calçots sin medida, se ha convertido en una manera de socializar y de conseguir, en torno a una comida en principio poco refinada, pasar por ser un elemento indisociable de la vida social y cultural catalana.

La calçotada solo necesita programación, alguien dispuesto a preparar la salsa romesco o alguien dispuesto a perder un momento en ir a comprarla (se agradece el esfuerzo de hacerla por uno mismo, aunque nos lluevan las críticas), un espacio en el que podamos asar los calçots, parrillas, papeles de diario o tejas para poder servir los calçots y carnes para hacer a la brasa al gusto. Quizás algo de vino para poder ir pasando los alimentos de manera tranquila y agua si tenemos que conducir. Y servilletas para limpiarnos. Quizás lo más trascendental de todo. Servilletas, trapos, algo para limpiarnos.

Siempre hay alguien nuevo, alguien que viene de otro lugar, latitudes en las que no conocen lo que da de sí esta suerte de cebollino asado que en Catalunya llaman calçot y nos podemos entretener en enseñar, en advertir, en introducir al neófito en esta tradición. Una manera, como siempre, de socializar, de compartir, de comer y beber a gusto, tranquilamente. Y quizás, al día siguiente, ya lo saben, jurar y perjurar que nunca jamás y pensar en la siguiente.

Xavier Lahuerta, lidera en España el concepto Gastronomy Ambassador, que además de ser un chef de reconocido prestigio, crea, implementa y ejecuta estrategias de internacionalización de productos gastronómicos españoles ene l mundo y asesora a productos internacionales en su distribución en España.

Además de ofrecer experiencias gastronómicas únicas y showcookings en España y a nivel internacional, algunos de ellos muy exclusivos.